sábado, 13 de septiembre de 2014

Experiencia en Shakespeare & Co

¡Hola devoradores! Estoy muy muy emocionada por hacer esta entrada y es que, no sé si recordáis pero tras mi viaje a Londres compartí mi experiencia con vosotros de visitar el famoso andén 9¾; pues hoy estoy aquí para contaros mi visita a la famosa librería Shakespeare & Company de París. 


Antes de ir a París decidí leer y ver algunas películas y series que fuesen ambientadas en esta ciudad, entre esos "preparativos" estaba, sin duda, la relectura de Un beso en París. Fui poniendo post-its y marcando todos los lugares por los que pasaban los protagonista y uno fue la antigua librería donde Anna y St.Clair entran un día de lluvia y salen con un libro de poemas en mano. Pues bien, yo no sabía que esta librería era famosa, tan solo la conocía gracias a Stephanie Perkins, pero mi sorpresa fue grande cuando la encontré en mi guía de París. 

Antes de nada, vamos a remontarnos a 1950, concretamente a agosto, justo cuando George Whitman, un americano que después de la Segunda Guerra Mundial se mudó a París, abría esta librería.

Por aquella época, la librería no se llamaba igual, pues en un homenaje a la poetisa Gabriela Mistral, había tomado la decisión de llamarla como su apellido. No obstante, en París sí que existía una librería llamada Shakespeare & Company regentada por Sylvia Beach, que vendía y prestaba libros en inglés y donde dicen que no era raro encontrar a autores del calibre de Hemingway, Fitzgerald o Joyce. 
Cuando Sylvia murió, George Whitman cambió el nombre de su librería a Shakespeare & Co, creando un lugar donde no solo se podían admirar libros, sino en el que también se permitía a poetas y escritores dormir y comer, a cambio de unas horas de trabajo en la tienda. 

Pues bien, volvemos al dos mil catorce, a agosto también, cuando convencí a mi padre para visitar la famosa librería. En Un beso en París te la describía como en frente de Notre Dame y resultó no estar justo allí, por lo que nos llevó un rato encontrarla, sin embargo, lo hicimos: Tras cruzar uno de los múltiples puentes de París,entre los árboles y la gente divisamos una librería, con tanta suerte, que era la que andábamos buscando. 

La fachada de la librería es tan bonita que no puedes evitar emocionarte. Verde y amarilla e incluso con estantes de libros fuera de la tienda que ya te incitan a mirarlos de reojo aunque no tengas la intención de entrar en la tienda. 
Las luces colgadas ya daban un aspecto diferente y especial por si acaso aún no me había dado cuenta de que aquella no era una librería como las demás. 



Cruzamos la puerta para encontrarnos que ya no estábamos en el París del siglo XXI sino que habíamos retrocedido algunos años para visitar aquellas enormes estanterías de madera, todas cubiertas de libros, algunos nuevos y otros de aspecto polvoriento. Daba exactamente igual donde pusieses los ojos porque todo eran lomos, todo eran historias esperando a ser leídas. Como comprenderéis, en ese momento creí morir, aquel lugar era demasiado perfecto. 

Seguí recorriendo la tienda, los estantes y los libros apilados sin orden aparente, me paré para contemplar ediciones preciosas del Gran Gatsby o Nuestra señora de París, hasta que llegue a unas escaleras, ¡aquel paraíso continuaba! 

A partir de este piso los libros no se vendían, podías cogerlos y leerlos durante el tiempo que quisieses, para ello había dispuestos a lo largo de la planta algunas camas, sillones, sofás y sillas.
















Si podéis imaginar algo mejor que ésto, imaginadlo,porque yo apenas pude creer lo que sucedía cuando la notas de una canción llegaron hasta mis oídos. Ahí, en mitad de la librería había un piano y un visitante lo tocaba; al rededor de él había
gente escuchándole así que nos unimos a ellos, para comprobar que aquel hombre no era nada malo. 


Continuamos nuestra visita hasta una especia de hueco entre estantes donde yacía una maquina de escribir, rodeada de frases escritas por turistas o por clientes habituales. 
La máquina funcionaba, pero en aquel momento no supe qué escribir a parte de mi nombre. 
Al fondo de la planta, entre tanto libro había una ventana delante de una mesa con otra máquina de escribir. Desde aquella ventana podías ver París, el Sena y si girabas un poco la cabeza, adivino que Notre Dame. 







Me resistí a salir de la librería, no lo niego, pero me llevé conmigo algunos recuerdos de aquella visita






2 comentarios:

  1. ¡Qué suerte tienes! Ojalá algún día pueda disfrutar de la misma experiencia (e ir al andén 9 y 3/4 también)
    Un besito

    ResponderEliminar
  2. ¡Qué guaay!
    Quiero ir!! Gracias por compartir la experiencia ^^

    Un beso!

    ResponderEliminar

Muchas gracias por dejar tu comentario, significa mucho para mí, siempre y cuando se muestre respetuoso.