viernes, 27 de marzo de 2015

Últimas tardes con Teresa

Titulo: Últimas tardes con Teresa
Autor: Juan Marsé 
Editorial: Lumen 
N° de Páginas: 370 
Número de la serie: 1 de 1

Sinopsis

Ambientada en una Barcelona de claroscuros y contrastes, Últimas tardes con Teresa narra los amores de Pijoaparte, típico exponente de las clases más bajas marginadas cuya mayor aspiración es alcanzar prestigio social, y Teresa, una bella muchacha rubia, estudiante e hija de la alta burguesía catalana. Los personajes de esta novela a la vez romántica y sarcástica pertenecen ya, por derecho propio, a la galería de retratos que configuran toda una época. Hito de la literatura española contemporánea, esta obra consolidó internacionalmente el nombre de su autor.


Opinión

¡Hola devoradores! Hoy estoy aquí para hablaros de un libro que me he tenido que leer para el colegio, y gracias a Dios que lo he hecho, porque esta novela es maravillosa. 

Últimas tardes con Teresa cuenta la historia de Manolo, o Pijoaparte(le podemos llamar de las dos maneras) un chico de los barrios bajos y de Teresa, una universitaria rica. 
Se trata de una novela social que Juan Marsé ambienta en la Barcelona del franquismo, y ¡cómo lo ambienta!, las descripciones son magistrales, te mete de lleno en los barrios catalanes, te hace respirar el aire de Barcelona, el clima de represión. 
En esta magnífica ciudad, Manolo conoce a Maruja, la sirvienta de Teresa, con la que comienza algo así como una aventura, sin embargo algo ocurre, un accidente que hace que comience a verse con Teresa y que entre dos personas tan distintas, surja el amor. 

Hablemos de la relación de los dos protagonistas, tan bonita, tan realista, tan diferentes sus ambientes y sus vidas... Juan Marsé sabe perfectamente como hacer que esta amistad enamore, que emocione y a la vez, retratar las diferencias entre las clases sociales españolas

Los personajes, wow, los personajes fácilmente podrían ser verdaderos. Primero tenemos a Manolo, un malagueño que emigró a Barcelona y que allí se dedica a robar motos y venderlas. Es un chico mujeriego y atractivo, un tanto machista (vaya pena) y que va de duro, no obstante a lo largo de la novela, nos deja ver que eso tan solo es una fachada y que de veras tiene razones para ser como es, y eso enamora, ya os lo digo yo. 
Teresa es la típica chica rica, burguesa universitaria que se las da de rebelde. La verdad es que me ha caído bien, me gusta su forma de ser, su bondad, sus ganas de aventura y sus reflexiones ante todo. 
También encontramos a Maruja, un personaje un tanto débil, soso, sin mucha personalidad... pero que la pobre no cae mal.  

Ahora hablemos de la prosa, la fantástica prosa de Marsé, llena de figuras literarias que hace que de verdad disfrutes leyendo (aunque en ocasiones se haga un poco difícil). 
La novela está contada por un narrador en tercera persona, pero eso no impide que el autor nos deje ver los diferentes puntos de vista de los personajes ante las mismas situaciones o sus monólogos interiores. Esto hace del libro, en serio, una obra maestra. 

SPOILER: El final quizás sea la parte que menos me ha gustado, aunque ¡qué realista! y ¡qué triste!, en todo momento pensé que la relación entre ellos era algo más que un simple pasatiempo. Qué final tan cruel tenía destinado esta parejita... De todos modos no creo que una relación así en la realidad hubiese durado mucho más. FIN

Resumiendo, un gran libro, con un ambiente perfectamente recreado, unos personajes únicos, una historia de amor realista y una prosa que enamora. 







jueves, 19 de marzo de 2015

Corazón delator- Edgar Allan Poe

Queridísimos lectores, en este día del padre, estoy aquí para hablaros de mi escritor de cuentos favorito y ese es, como bien dice en el titulo, Edgar Allan Poe. 

En realidad, antes de hacer el comentario de texto de este cuento, ya había experimentado algo del autor, y por desgracia, no me había gustado nada... Pero bueno, las cosas cambian, los niños se vuelven jóvenes y a mi me acabó encantando el susodicho, así que he decidido traeros un relato de este increíble escritor de terror.
¡No olvidéis dejar vuestros comentarios! 




EL CORAZÓN DELATOR 


“¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y qué podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí! ¡Donde está latiendo su horrible corazón!
FIN
(Traducción Julio Cortázar)






miércoles, 18 de marzo de 2015

Miércoles musical #8

¡Feliz miércoles! Espero que vuestra semana vaya bien, y si no es así, no olvidéis que mañana es fiesta (motivo para alegrarse).
Hoy os traigo a mi queridísimo grupo y a su nuevo disco, que es una autentica maravilla. 
A ver si os gusta la canción :) 


sábado, 7 de marzo de 2015

Solo un día

Titulo: Solo un día 
Autor: Gayle Forman  
Editorial: Blok 
N° de Páginas: 341
Número de la serie: 1 de 2 

Sinopsis

Cuando la seria y responsable Allyson encuentra por primera vez a Willem, un actor holandés de lo más informal, en el montaje de Noche de reyes, entre los dos surge la chispa. De modo que, cuando el destino los reúne de nuevo, Allyson toma una decisión impulsiva y se arriesga a seguir a Willem a París. Tras sólo un día juntos, las chispa se ha convertido en llama... hasta que Allyson despierta para descubrir que el hombre al que tanto ama se ha marchado sin dejar rastro.

El cambio radical que sufre su vida en un solo día se convierte en un año de autodescubrimiento. Allyson se embarca en un viaje para librarse de una existencia llena de límites y descubrir sus verdaderas pasiones, e incluso el verdadero amor. 


Opinión

¡Hola a todos! Hoy estoy por el blog para hablaros de una novela que he tardado mucho mucho tiempo en leer, lo que sin embargo, no quiere decir que no me haya gustado. 

Después de quedar encantada con Si decido quedarme (reseña) decidí que tenía que probar algún otro libro de la escritora, así que me puse manos a la obra, para quedar impresionada, una vez más, por la increíble Gayle Forman. 

Solo un día es la historia de Allyson o de Lulu, según la quieras llamar. Lulu es la típica chica del montón que prefiere pisar sobre seguro, de modo que cuando sin pensarlo dos veces se embarca en un tren hacia París con Willem, un chico holandés que acaba de conocer, su mundo da un giro increíble que hará que se encuentre a sí misma. 
Empecemos por las maravillas que este libro abarca: 

Paysage - Sucede en París, aunque también en Estados Unidos, en Londres, en Holanda... Lo que hace de esta novela un asombroso viaje por el Mundo. 
- Tiene una historia de amor diferente, quizás demasiado precipitada, quizás demasiado loca, quizás demasiado rápida... No obstante, es una historia de amor que nos mantiene literalmente en vilo durante toda la historia. 
- Cuenta con una protagonista que juega a ser otra persona, que se siente un poco perdida, que quiere saber quién es, cómo es. En ocasiones me he sentido identificada con ella por esta situación de incertidumbre que supongo que caracteriza a los jóvenes. Gayle hace posible que nuestra protagonista evolucione durante el libro y poco a poco sepa lo que quiere ser.
- Aparecen también personajes muy originales como Dee, un chico que Allyson conoce "por accidente" en una clase de literatura. Con este chico creo que nos quiere enseñar que no todo es lo que parece y que lo importante es lo que está en el interior. La verdad es que le he llegado a amar, puede que por su gracia o por lo que nos transmite, no estoy muy segura. 

UntitledCreo que con lo que he citado, ya no os cabe ninguna duda de que Solo un día no es una historia normal con una trama flojilla. Es un gran libro, un libro que disfrutas leyendo y que te hace pensar de vez en cuando. 

No obstante, hay algunas cosas que creo que a Gayle le han patinado un poco. Para empezar, el libro tiene demasiadas casualidades (no voy a nombrarlas porque sería spoiler), personajes secundarios un tanto utópicos y acciones muy fantasiosas, lo que hace que no puedas evitar cuestionar el realismo de la novela



Resumiendo chicos, un libro maravilloso y poco realista, lleno de viajes, con una historia de amor diferente, y una protagonista que evoluciona y se encuentra a lo largo del libro.